EL REALITY DE LA EX PRESIDENTE: HISTRIONISMO, ESPECULACIONES Y “GOOD SHOW”

 

 

 

 

El teatro de la senadora Kirchner convoca espectadores intensos e hinchadas enfrentadas. Pero, pese a ello, hay hechos. CFK hundió sus manos en la corrupción que fue política de Estado. Y su actuación no resuelve el drama económico.

Hay una realidad y una ficción que son idénticas entre sí. En la realidad, la ex Presidente se rasga las vestiduras, grita y, con un toque de disfonía por la tensión del momento, clama que “no se arrepiente de nada”.

En la ficción, la ex Presidente se rasga las vestiduras, grita y juramenta que no se arrepiente de nada. Es muy difícil distinguir si lo que vociferaba en el Senado representa su percepción más sincera de sí misma, o si es una actuación, un teatro épico en el que no cree, pero que propala actoralmente porque le conviene. La senadora y su espejo histriónico son iguales. Y así se desdibujan todos los hechos.

Esa condición delirante que borra la frontera entre la persona y su duplicidad simuladora, atrae. Es un teatro del absurdo. Siempre convoca espectadores intensos e hinchadas enfrentadas. Los que aman a la actriz hipnotizados por su pasión intransigente y los que la detestan exactamente por lo mismo. Argentina odia o ama a CFK.

 

Pero, pese al teatro hay hechos. Hundió sus manos en la corrupción. La corrupción fue una política de Estado y eso no se oculta con sus gritos ni con los disparates paleozoicos y paranoicos de su obsecuente subordinado, Andrés “El Cuervo” Larroque que culpa de todo a la CIA y al Imperio.

Claro, esos disparates no resuelven el drama económico que nos acosa a todos y que también está asociado a un trastocamiento colectivo. La inflación nos desequilibra. Borra el valor de la moneda, del salario y del trabajo. Auspicia la especulación. El Gobierno no sabe cómo detenerla. Le cabe el valor de haberla sincerado. Para sumar angustias, el dólar, termómetro de todo, sigue ascendiendo hacia cumbres cada vez más borrascosas. Ni las tasas exorbitantes en pesos frenan el alza.

 

La economía se desquicia por factores monetarios, pero también por razones no económicas, la principal es la desconfianza. Nunca se enderezan los números si la confianza brilla por su ausencia.

Además, en estas instancias de implosión de un modelo prebendario y extorsivo, prevalece la incertidumbre y no la fe. Los presagios no oficialistas auguran más desdichas, más recesión y más tensiones.

 

Hay un ejercicio interesante que, de pronto, hay tratar de hacer. Tratar de mirar el país como si uno no fuera argentino, tomar distancia analítica. Lo que se observa es un sendero que se bifurca y que no se bifurca a la vez. Es una sociedad que decidió electoralmente evadir el Apocalipsis que parecía inevitable, pero que no logra terminar de evitarlo. Que continúa enjaulada junto a todos los fantasmas del pasado: la corrupción, la inflación, la especulación financiera, el fanatismo y la violencia.

La Argentina cambió pero no cambia. Es el eterno retorno de lo mismo. Por eso, Tato Bores continúa siendo el más grande. Cada día monologa mejor. Pero es todo una pena. Hay algo más profundo que los gobiernos. Un nudo que no desatamos y que resiste. Tal vez sea una bronca perpetua. Una pasión por la disputa y no por las soluciones. Aunque claro, hay un discreto principio de esperanza. La mayoría ya no tolera la corrupción.

 

Sin embargo, ¿cuánto de Cristina tenemos todos los argentinos inclusive quienes la detestan? ¿Cuánta adicción por las fabulaciones? ¿Cuánta soberbia? ¿Cuánta intransigencia? ¿Cuánto delirio de grandeza? ¿Cuánto resentimiento? ¿Cuánto autoritarismo?

Es una generalización, pero algo refleja esta señora de todos nosotros. Claro, en un punto la relación especular entre CFK y el resto es muy injusta porque la mayoría trabaja y no roba. Pero, desde un ángulo psíquico y sociológico tal vez, haya que reflexionar al respecto. La arrogancia argentina trasciende nuestras fronteras.

recisamente, un sujeto ya definido como “el energúmeno de El Calafate” agredió al experimentado y sereno Darío Lopreite de TN, y a la valerosa cronista de La Nación, Carla Ricciotti. Cuando Carla le preguntó su nombre el sujeto dijo, literalmente, que lo conocen como “La oscuridad “. Le arrojó el micrófono al río mientras manifestaba su peligrosa vaciedad.

 

Es la oscuridad de la violencia y la intolerancia más burda. Era un exaltado acompañado sólo por otra muchacha fuera de sus cabales. Pero no hay que olvidar que en diciembre de 2017 hubo miles de exaltados como él agrediendo a diestra y siniestra en La Plaza del Congreso donde, dicho sea de paso, casi linchan a Julio Bazán.

 

Los ataques físicos a periodistas se reiteran y casi todos están impunes. ¿Qué estamos esperando para terminar con ese horror? Es algo que puede acabar mal y muy mal. En El Calafate la policía observó la arremetida contra los periodistas y dejó hacer, pasiva e inmóvil. La violencia es tangible, y no cesa.

Mas allá de la catarata de evidencias sobre el astronómico saqueo gubernamental, una de las más espeluznantes barbaries que reaparecieron ahora ante la opinión pública fue las que contó Claudio Uberti ante el fiscal Stornelli, relativas a las apabullantes trompadas que propinaba u ordenaba propinar Néstor Kirchner a sus colaboradores cercanos. No son datos nuevos, pero fueron enunciados con más detalle. Revelan una patología gravísima de un hombre que fue Presidente. Su iracundia irradió temor. Fue un Presidente golpeador. Ese tipo de conductas enferman y degradan a un gobierno. Lo sumergen en la lógica cerril de las pandillas. Todo fue una alquimia de codicia y golpes de puño.  Un manicomio.

 

Uberti señaló, sin embargo, que trabajar con Néstor era un suplicio pero que con Cristina era aún peor. Entonces, ¿qué fue lo que enamoró de Néstor y Cristina a la mayoría social? ¿Qué profundidades equívocas de la percepción colectiva impidieron ver las atrocidades y concebir al matrimonio como a los redentores de todas las injusticias?

 

¿Qué fue lo que lloraron tantos miles en las exequias de Néstor Kirchner? Los sepelios masivos exhiben a veces emociones sinceras confundidas por una necesidad de exaltación, por una voluntad de beatificar al difunto llorado, tal vez muy inmerecidamente.

Esa diarquía que llegó desde Río Gallegos a la Casa Rosada supo producir un espejismo eficiente. Cuando esas alucinaciones se derrumban, la frustración aumenta y también la furia de los que creyeron en esas ilusiones vanas.  Hay algo en el verticalismo pendenciero de ambos que sedujo, que se articuló con profundos resentimientos argentinos y con una extendida iracundia de millones, producto del 2001. Vimos lo que no eran. Y no vimos lo que en realidad eran.

 

El así denominado peronismo racional, no tiene hasta ahora potencia electoral. La racionalidad tiene menos pregnancia, entonces, que la irracionalidad en un segmento importante del electorado.

 

Ahora, el lazo legal que ya atenaza a Cristina hace pensar que algunos episodios violentos son promovidos y organizados. No toda agresión callejera es espontánea. La mayoría ya no es K pero los fanáticos no se van. La naturaleza del fanatismo arraiga en la perseverancia, en la ceguera y en la locura.  Que permanece entre nosotros.

 

Fuente: Diario Clarín

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