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SOBRE EL PLACER DE ODIAR

ARAÑA

 

 

 

 

 

 

El ensayo “Sobre el Placer de Odiar” de William Hazzlit, publicado en 1826, comienza con una imagen memorable. Una araña camina con prisa por el piso alfombrado de la habitación, mira incómodamente a quien la observa, se detiene, pondera si le conviene seguir o dar marcha atrás ante la gigante sombra de su enemigo, y como este no da señales de combate, toma coraje y se aventura a cruzar entre la viveza, el miedo y la impudicia. Cuando el horrible insecto se ha ido, el narrador se regocija en no haberla aplastado hasta la muerte “pero aún odio el mero hecho de haberla observado”.

“El espíritu de malevolencia sobrevive. Aprendemos a domar nuestra voluntad y a mantener nuestras acciones dentro de los límites de lo humano mucho antes de poder someter nuestros sentimientos e imaginación para ajustarlos a ese gentil tono”. El autor da entonces por hecho que hemos superado la violencia bruta pero que no podemos aún extirpar nuestra esencia o principio de hostilidad. Y que nos llevará cien años más de escribir y reflexionar duramente, curar esos prejuicios para cambiarlos por lo que Shakespeare llamaba “la leche de la bondad humana”, en vez de quedarnos con su veneno.

El progreso hacia la sublimación de la violencia en los modos de la civilización, incluyendo las codificaciones de la guerra– como si la carnicería pudiera sofisticarse- de los que pudo haberse jactado el siglo XIX, se convirtieron en una mueca de la ingenuidad o en una caricatura de la estupidez cuando la grandes guerras y los totalitarismos genocidas del siglo XX le imprimieron a la muerte una escala industrial. “En el siglo XX se ha dado muerte o se ha dejado morir a un número más elevado de seres humanos que en ningún otro período de la historia”, apunta Eric Hobsbawm en su magnífica Historia del Siglo XX, en la que describe el infernal paso de la guerra masiva a la guerra total. “Matanzas, torturas y exilios masivos adquieriendo la condición de experiencias cotidianas que ya no sorprenden a nadie” dejan a la araña de Hazlitt como un espejo sutil de la verdadera peste que padece en potencia cualquier ser humano si lo que elige es desatar su odio sometiendo a él toda la potencia de su razón.

¿Qué decir de esta pestilencia llamada odio en nuestro presente, cuando esta singular herramienta fascista se convierte en el agitador populista del batido excitante de resentimientos y desesperación? ¿Qué decir si eso ocurre en un tiempo de tecnologías inmediatas y efectivas para la gratificación instantánea de ese odio? ¿Qué decir si además la pulsión y concreción de ese odio es gratuita, sin consecuencias y contagiosa? Tanto que el verbo se ha convertido en sustantivo: está el odio y hemos inventado al “odiador”. Nunca había sido sustantivo el sujeto que odia. El que desprecia, el que difama, el que busca destruir con palabras, nació en internet y se llama odiador.

Un artículo de opinión reciente de The New York Times, llamado “Polariza y conquistarás”, comienza así: “El presidente de los Estados Unidos es ahora certificadamente nuestro ‘odiador en jefe’”. Luego abunda en la instrumentalización del odio para radicalizar a sus bases y a sus enemigos haciéndolos entrar en el juego táctico que inflamará de triunfalismo a los suyos cuando convierta en realidad las amenazas contra aquéllos a quienes demoniza en los confines de la inmoralidad. Lo compara con Hugo Chávez o Recep Erdoğan de Turquía. Podríamos compararlo perfectamente con Cristina Kirchner.

La agitación del odio como táctica política parece una droga dura que sube efervescente a la cabeza, trabajando en el lugar exacto donde fermentan las emociones y se sublevan. En 2002, el psicólogo israelí Daniel Kahneman ganó el premio Nobel de Economía por su trabajo sobre la influencia del comportamiento irracional en la economía. Como detalla Paul de Grauwe en su libro “Limites del Capitalismo: El péndulo entre el mercado y el estado”, Kahneman desarrolló la idea de que hay dos sistemas que funcionan en nuestra mente: El Sistema 1, que se relaciona con lo intuitivo y lo emocional y es el más antiguo en términos de evolución, es el que gobierna las emociones del miedo, el pánico, la euforia, la simpatía, el disgusto o el amor. Es el que permite la empatía o el deseo de justicia. El que nos hace primeramente humanos y es tan sofisticado que permitió el desarrollo del Sistema 2. El 2 es el sistema racional de la mente humana, el que nos hace evaluar qué le conviene a nuestro bienestar y el que analiza los costos y beneficios antes de tomar una decisión. El Sistema 1 está listo para tomar decisiones rápidas (traccionado por el miedo o el peligro por ejemplo). El Sistema 2 es más lento en cambio porque decidir a conciencia lleva más tiempo y esfuerzo. Y porque a veces las personas no queremos hacer el esfuerzo. Eso hace que el Sistema 2 sea considerado “vago”, lo que puede generar que muchas veces los individuos sean liderados por el Sistema 1 de los plazos brevísimos, de la alerta máxima, de la irracionalidad, ¿del populismo? Como los gurúes del marketing, los sabuesos del populismo apuntan a la exaltación permanente de las emociones buscando suplantar con ellas hasta las soluciones de los problemas que formulan, y que por lo general terminan agravándose. La racionalidad sin emociones puede ser inhumana. Las emociones sin racionalidad manipuladas políticamente pueden ser ceguera.

Hoy parece un camino insondable combatir a esta fuerza centrífuga del odio que nos interpela con los fantasmas de las peores horas de la humanidad en el neofascismo que resurge como un esperpento en la propia Europa que creía tenerlo exorcizado. Y quizás ahí cometemos uno de los errores a los que lleva la desesperación: subestimar la capacidad de lo humano para sobreponerse a las arañas sin pisarlas, sin convertirse en una de ellas por efecto de su vampirismo vicioso. Los tiempos confirman la kafkiana “imposibilidad de aprehender la condición humana”. Pero en ese drama también se esconde un sentido. Si la humanidad no se aprehende, ni se hereda; si la araña acecha; si el hombre acecha con su odio ancestral; tal vez sólo sea cuestión de proponernos una vez más creer en lo humano que nos ha traído hasta aquí. “Hay que curar esos corazones envenenados”, dice Albert Camus en su alocución del 15 de marzo de 1945 en L’Amitié francesa, titulada “Defensa de la Inteligencia” y recopilada en su libro Moral y Política. “Nos ha quedado el odio. Nos ha quedado este furor que nos quema el alma…  Y mañana, la más difícil victoria que podamos lograr sobre el enemigo la tendremos que librar en nosotros mismos… No ceder al odio, no hacer ninguna concesión a la violencia, no admitir que nuestras pasiones nos enceguezcan, he aquí lo que todavía podemos hacer por la amistad y contra el hitlerismo”. (Desafortunadamente el nombre de aquel enemigo ha vuelto a ser vigente).

 

Categoría: otro, Principales

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