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ARISTOTELES: TEORÍA DE LA LIBERTAD EN EL HOMBRE

Después de haber demostrado que la virtud depende de nosotros, es preciso tratar del libre albedrío y explicar lo que es el acto libre y voluntario, porque tratándose de la virtud, el libre albedrío es el punto verdaderamente esencial. La palabra voluntario designa, absolutamente hablando, todo lo que hacemos sin vernos precisados por una necesidad cualquiera. Pero esta definición exige quizá que se la aclare por medio de algunas explicaciones. El móvil que nos hace obrar es en general el apetito. Pueden distinguirse tres especies de apetitos: el deseo, la cólera y la voluntad. Indaguemos en primer lugar si la acción a que nos obliga el deseo es voluntaria o involuntaria. No es posible que sea involuntaria. ¿Por qué? ¿Y de dónde nace esto? Todo lo que hacemos que no proceda de nuestra libre voluntad, sólo lo hacemos por una necesidad que nos domina; y en todo lo que se hace por necesidad, advertimos un cierto dolor como su resultado. El placer, por lo contrario, es una consecuencia de lo que hacemos movidos por el deseo. Así, pues, las cosas que se hacen por el deseo no pueden ser involuntarias, por lo menos en este sentido, y antes bien son ciertamente voluntarias. Es cierto que a esta teoría podría oponerse la que se ha ideado para explicar la intemperancia: «nadie, se dice, hace el mal por mero gusto sabiendo que es el mal, y por lo tanto, el intemperante incapaz de dominarse, sabiendo que lo que hace es malo, no por eso se abstiene de hacerlo, y es porque sigue el impulso de su deseo. No obra con una voluntad libre y se ve arrastrado por una necesidad fatal.» Refutaremos esta objeción con el mismo razonamiento sentado más arriba. [27] No, el acto que provoca el deseo no es un acto necesario, porque el placer es el resultado del deseo, y lo que se hace por placer jamás nace de una necesidad inevitable. También se puede probar de otra manera, que el hombre estragado obra con plena voluntad, porque al parecer no puede negarse que los hombres injustos son injustos voluntariamente; es así que los hombres estragados son injustos y cometen una injusticia; luego el hombre corrompido que no es dueño de sí mismo, comete voluntariamente los actos de intemperancia que ejecuta.

La gran moral · libro primero, capítulo XI

Categoría: otro, Principales

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